El tacto, ese sentido tan olvidado, que tan poco utilizamos y que tanto bien nos hace.
Esta entrada surge de una meditación guiada en la que participé el pasado miércoles en una asociación en la que colaboro: Senda del Corazón. El trabajo que hicimos fue sencillo, tan sencillo que creó en mí la duda de por qué hacemos tan poco caso a nuestro sentido del tacto, con todo lo que nos puede aportar y enseñar, simplemente nos emparejamos y tocamos a nuestrx compañerx.
Sin ninguna intención, sin tratar de sanar o impactar o recibir información, ni tan siquiera acariciar. Solo tocarnos. Sintiendo nuestra piel, la vibración de los átomos, de los espacios vacíos que conforman nuestro cuerpo físico. Sintiendo.
Las sensaciones fueron curiosas, las de cada unx diferentes y me dieron qué pensar.
Pensar en lo poco que nos tocamos, en lo poco que nos gusta que nos toquen, en lo poco que nos gusta tocar. En lo placentero que es romper la barrera física y acariciar y ser acariciadx. Romper las fronteras que la piel nos pone, sentir más allá de la punta de los dedos la esencia de alguien cuando le acaricias.
Porque estoy convencida de que es eso lo que hacemos: sentir desde la experiencia puramente corporal el ser real que hay bajo la máscara de cada unx. Eso es lo mínimo que se experimenta cuando se acaricia, a partir de aquí, acariciar puede llegar a ser una experiencia orgásmica, no solo para quien es acariciadx, para la persona que lo hace también. Y aquí, como tantas otras veces, hablo por propia experiencia.
Me gusta acariciar. Me gusta dejar que sean mis manos las que “hablen”, las que establezcan comunicación contigo a un nivel muy sutil. Me gusta pintar con mis dedos en tu espalda. Lo hecho de menos, ahora que lo escribo me doy cuenta.
No solo me gusta, necesito acariciar. Es un lenguaje diferente, más profundo, en el que no existe la mentira, el disimulo, la posibilidad del disfraz. Cuando son dos pieles las que se comunican, no hay nada ni remotamente parecido.
Curiosamente, me resulta mucho más difícil dejar que me acaricien, a muy pocas personas se lo he permitido. Curioso pero absolutamente lógico, al menos para mí: dejarse acariciar es un acto de desnudez absoluta (para lo que no hay que estar desnudx, por cierto, se puede acariciar una mano, una mejilla, la nuca…), en el que, como digo, la mentira no tiene espacio. Ser acariciadx es algo tan íntimo como hacer el amor. Pura energía entrando en contacto con pura energía. Un acto de total entrega, de total confianza, de abrirse a otrx, a que otrx roce lo más profundo en ti. Un acto que pocxs se atreven a hacer: entregarse completamente.
Lástima que lo hagamos tan poco. Que lo haga tan poco. Acariciar conscientemente, qué gran ejercicio.
¿Quién se apunta?



