La primera vez que te vi me pareciste poca cosa, tan pequeñita, tan delgada. No eras mi tipo ni de lejos.
La primera vez que te vi me pareciste una mujer seductora, fría, distante, por encima de las demás, ¡ni siquiera me mirabas! pero yo a ti sí, quizás esa misma indiferencia era lo que me atraía.
Aun no sé qué pasó, qué hiciste o qué hice yo para cambiar mi percepción de tí, que cambió, vaya si lo hizo, de tal manera que me sorprendí soñando contigo, sueños húmedos, tan reales que me despertaba sudando, enredada en las sábanas y tenía que terminar lo que había comenzado mientras dormía.
No sé cómo, poco a poco, comencé a pensar cada vez más en tí, intentaba buscarte y encontrarte, pasaba por tu trabajo cuando sabía que ibas a estar sólo para verte, para comprobar cómo reaccionaba mi cuerpo e intentar descubrir el por qué de esas reacciones, esperando no sabía exactamente qué.
Estabas constantemente en mi cabeza, cada vez que te veía tenía que controlar mis manos, mi boca, mis ganas de probarte entera, así tan pequeñita, tan delgada.
Pasaste a estar dentro de mi cuerpo de tanto como te imaginaba cada vez que me masturbaba, desnuda, recorriéndote con mi lengua, repasando cada centímetro de tí, acariciándote, aprendiéndote, muriéndome de gusto cada vez, llenando mis espacios con tu imagen, llenándome de ti.
Todo esto, esta imaginación mía, tan real, tan vívida, pasaba su factura. Cuanto más te veía, más se alimentaba mi imaginario de ti.
La primera respuesta llegó el día que recibí un mensaje tuyo. Cuando vi que eras tú y lo que me proponías, casi me muero de la impresión. Estaba temblando de miedo y de excitación, de miedo por que no sabía si quería quedarme contigo a solas, de excitación por que me descubrí imaginando que nos besábamos y todo mi cuerpo se estremeció con un escalofrío de curiosidad por saber cómo sería eso de estar con una mujer, eso con lo que tantas veces había fantaseado pero que nunca había hecho realidad.
Así estuve más de un mes, despertándome cada noche enredada en ti, comiéndote el cuello, perdiéndome en tu pelo, naufragando entre tus tetas, ya conocidas de tanto imaginarlas, saboreando tus pezones, dibujando en tu espalda con mis manos, buceando entre tus piernas hasta desfallecer…
Durante más de un mes nos estuvimos viendo prácticamente a diario, cualquier excusa era buena. Cada noche, mi cuerpo tomaba el control e imaginaba que estabas a mi lado en la cama, descontroladas, besándonos, chupándonos, sudando, intentando deshacernos de la opresión con la que nos despedíamos.
Mereció la pena.
Cuando te llevaba a casa, después de pasar horas juntas, conversando, riendo, disfrutando cada segundo, siempre pensaba “que me bese ya, no puedo hacerlo yo, necesito que me bese, que sea ella quien me coja la cabeza y me bese” y así fue.
El amanecer que te comí la boca, esa que tantas veces había saboreado y que era completamente
nueva, cuando me diste tu lengua, cuando mordí tus labios, cuando tuve tu saliva en mi boca…casi me desmayo. Escucharte decir “porqué has tardado tanto” hizo que me derritiera.
Esa noche, cuando fuiste a salir del coche, por fin me besaste, por fin estabas cumpliendo mi deseo, deseaba sentir tus labios sobre los míos, sentir el calor de tu boca, tu saliva, tu olor, el tacto de tus manos acariciándome mientras nos besábamos…cuando nos separamos sólo pude decirte “¿porqué has tardado tanto?” , llevaba tanto tiempo esperándolo, esperándote…
Ese fue el principio de mi muerte.
Probar lo que tanto había disfrutado en mi imaginación y confirmar que la realidad era infinitas veces mejor, enroscarme en tu pelo, descubrir poco a poco tus rincones, hacerte temblar sólo acariciándote, llenar mi piel con tu olor, mi boca con tu sabor…morir cada noche por no tenerte.
La experiencia sirve de poco cuando estás empezando, cada cuerpo es un país por descubrir, explorarte era mi anhelo y mi temor, lo que hacía latir a mil mi corazón y lo que paralizaba mis manos.
Pensaba que un día me despertaría y de puro pavor se me habría olvidado todo, pero no, al contrario, cada mañana me levantaba pensando en lo mismo que había estado pensando antes de dormirme, tú. Tú y tu cuerpo, tú y mi cuerpo, yo y mi cuerpo contigo y tu cuerpo…una avalancha de sensaciones nuevas y emociones desbordadas. Tenía ganas de hacer el amor contigo, tenía ganas de follar contigo, tenía ganas de sentirte dentro, tenía tantas ganas de tí…
Pero todo tiene un límite y en menos de dos semanas, superamos el nuestro.
La primera vez que te tenía en mi cama. Toda para mí. Quería tomarme mi tiempo, hacer realidad lo que había imaginado tantas noches no podía ser cosa de un momento.
La primera vez que te tenía tan cerca, tan intimas, tan deseantes de nosotras. Creo que llegó un momento en el que dejé de respirar de lo nerviosa que estaba, la música me sentaba tan bien… tu voz, tus susurros en mi oído, tus cuidados constantes…Me acariciabas mientras me besabas, yo me dejaba hacer, estaba en el paraíso y sólo quería disfrutar de ese momento, nuestro primer momento.
Paseé por tu cuerpo, desnudo al fin, aprendiéndote con mis manos, escuchando tu respiración agitándose. Acaricié tu vientre, sintiéndote temblar bajo mis dedos. Te besé el cuello, no podía distinguir entre tus gemidos y los míos. Llené mi boca con tus pezones, sintiendo cómo crecían bajo mi lengua, ávida de ti. Queriendo controlarme, sabiendo que no podría, mis manos iban solas hacia tu sexo, me distraje en tu pubis tanto como pude, te retorcías bajo mi cuerpo, mis dedos entre tus labios, húmedos, palpitantes, casi me corro en ese mismo instante.
Sentir mis pezones en tu boca, tus manos en mis caderas, mis gemidos…hizo que volvieran a mí todas las imágenes que había estado creando en mi mente sobre este momento pero esto era infinitamente mejor, tenía tu olor, tu tacto, tus besos, tus sonidos…ver como te derretías poquito a poco mientras me tocabas y me lamias todo el cuerpo fue una sensación inolvidable.
Me deleité en tus humedades, mi mano en tu sexo, mi lengua en tus pezones, lamiendo, chupando, enloqueciendo de deseo. Besé tus costillas, tu vientre, acaricié tus muslos poniendo mi cabeza entre tus piernas “espera, espera” dijiste “¿porqué? quiero probarte” contesté y te dejaste hacer.
Estaba deseando que me comieras entera pero algo en mi interior no me dejaba disfrutar, “esperaespera” dije “¿porqué?” me preguntaste, “quiero probarte” dijiste, esa palabra me excitó tanto… tenía tantas ganas… tenías tantas ganas que ya sólo quería sentirte lamiendo mi sexo.
No se me va a olvidar jamás la primera vez que sentí el calor de tu boca entre mis piernas, tu lengua suave al principio, más fuerte según mis gemidos aumentaban…quería que me devoraras entera, no me importaba si tu querías o no, solo quería que te quedaras allí siempre, es tan placentero, tan sexy. 
Eso hiciste, volverme loca con tu lengua, con tus manos en mis tetas pellizcándome los pezones, provocando sensaciones nueva y desconocidas, haciéndome disfrutar y disfrutando a la vez tú de mi cuerpo y de mi placer, mirarte y verte gozar entre mis piernas me puso muy cachonda y quería más, siempre más, mis caderas se movían al son de tu boca y de los lametones que dabas a mi clítoris, te quería dentro.
Volví en mí cuando comenzaste a mover las caderas, pidiendo más. Dejé de comerte para navegar en tu interior, mis dedos dentro de ti, ahora la que me comías eras tú. Entonces la que se moría era yo.
Levanté la cabeza para disfrutar del espectáculo.
Mi mano en tu sexo, tus caderas sin control, gemidos que se entrelazaban en el aire de la habitación. Volví a acariciarte, a besarte el vientre, las costillas, a comerte la boca mientras mis dedos se movían por tus rincones…
Me leíste el pensamiento, siempre lo haces. Te sentía dentro, me reconocías, mi mente empezó a sentir lo que mi cuerpo llevaba mucho tiempo deseando y eso hizo mella en mí, por un lado mi cuerpo disfrutando, sintiéndote y queriendo más y por otro mi cabeza, mala combinación.
De repente, cogiste mi mano y me apartaste con un gesto brusco, enfadada. Me quedé perpleja
- ¿Qué pasa? – pregunté - que no puedo, que no me corro – tú más enfadada que yo
- bueno, no pasa nada - sí, sí que pasa, que es una mierda
Me tumbé a tu lado, muy frustrada y algo molesta, para ser la primera vez, estaba siendo un poco desastre.
Una vez superada mi tormenta personal, sólo quería recuperar lo que habíamos tenido minutos antes. Ahora venía lo bueno, estaba a tu lado, quería descubrirte, besarte todo el cuerpo, experimentar con nuevos olores, sabores, tactos…tus olores, tus sabores, tus tactos… Y tú te dejaste hacer.
Lo primero que hice fue besarte las orejas, para continuar relajándome yo y excitándote a ti, ahora puedo decírtelo: lo que más ganas tenía de hacer era comerte las tetas, metérmelas en la boca, chuparte los pezones, sentirlas en mi cara y tocártelas…me apasionan tus tetas.
Empezaste a besarme, a comerme las orejas. Tu mano se paseó por mi tetas, también tu boca bajó hacia ellas, chupabas, lamías, un pezón en tu boca, otro entre tus dedos.
No podía dejar de mirarte, de alucinar porque fueras tú quien me estaba comiendo las tetas. Sonreía.
Abriste lo ojos y sonreíste al verme mirándote
- ¿Por qué sonríes? - porque me gusta
- ¿te gusta mirarme? - me gusta ver que eres tú
Tu sonrisa se hizo más grande y seguiste a lo tuyo. Cerré los ojos para disfrutar de las sensaciones que recorrían mi cuerpo.
Ya estaba en el punto de no retorno, ya no había forma de parar lo que tantas veces había deseado hacer, allí estaba yo besando, lamiendo, chupando, mordiendo, acariciando el cuerpo de una mujer increíble que me hacía sentir especial, que me había proporcionado sensaciones increíbles y que ahora estaba disfrutando con mi boca en sus tetas y mis manos deslizándose por su vientre, quería llegar a tu sexo… Era mi siguiente destino…mi destino deseado.
Tu lengua me estaba volviendo loca. El volumen de mis gemidos aumentaba. Sin saber exactamente en qué momento habías dejado de tocar mis pezones, noté tu mano en mi sexo, tuve que controlarme para no correrme en ese instante, no quería perderme lo que vendría después.
Primero te bese, quería probarte, saborearte pero no me atrevía, mis dedos se mezclaban entre el vello, mi lengua, tus labios… Tu clítoris, comencé a acariciarte, mientras te besaba las piernas, te tenia abierta delante de mi, como un regalo, te miraba a los ojos sin creerme muy bien lo que estaba haciendo ni si era real lo que estaba pasando, sólo pensaba “que no sea un sueño”, y no lo era, estaba allí, seguía acariciándote, veía tu cuerpo y sabía que iba por buen camino. No sabía muy bien que hacer pero me dabas muchas pistas y yo estaba deseosa de recibirlas.
Comenzaste a acariciarme el clítoris, despacio al principio, aumentando el ritmo al compás de mis gemidos, cada vez más rápido, cada vez más fuerte. Abrí los ojos, me estabas mirando, creí que me moría al verte disfrutar, al oírme gemir por lo que me estabas haciendo. Cerré los ojos para concentrarme en el orgasmo que llegaba desde el centro de mi vientre, oleadas de placer que hacían temblar mis piernas, que me quitaban el aire, que me llenaban de ti.
No me lo podía creer, te ibas a correr, iba a ver como te corrías mientras te acariciaba, en ese momento casi me corro yo también, estaba tan excitada por lo que estaba presenciando… Y así, fue te corriste, aluciné con tu placer, me sentí feliz de compartir ese momento contigo.
Me corrí con un grito/gemido. No paraste. Yo tampoco.
Tenía miedo, no quería hacerte daño, pero tú me guiaste, eso me hizo sentirme segura, quería seguir dándote placer, ofreciéndote el mismo placer que me estabas provocando tú a mí retorciéndote de esa manera, entregándote a mí sin miramientos, te deseo tanto.
Comenzaste a recorrerme, lentamente, con prudencia, y entraste en mí con un gemido, un gemido tuyo. Me moría de nuevo.
Y por fin entre en tí, mis dedos notaban tu calor, una presión y tus movimientos de cadera pidiéndome que no parara, eso intenté, no quería perderme nada de lo que estaba pasando.
Te movías dentro de mí despacio, reconociéndome. Yo me derretía, me retorcía de placer entre tus dedos, mis caderas aumentaron el ritmo, me seguiste sin dudar, mis músculos te aprisionaban, cerca el orgasmo, tú moviéndote en mí, yo corriéndome de nuevo.
Mis dedos te reconocían poco a poco, mi mano rozaba tus labios, tus ingles, tu clítoris…cada vez más fuerte, cada vez más rápido, tú me lo pedias… Era maravilloso ver como te volvías a correr, sentir como te corrías conmigo dentro…mágico.
Había muerto y estaba en el cielo. Habíamos muerto y estábamos en el cielo.
Me gusta:
Sé el primero en decir que te gusta esta post.