Categoría: Un poco de todo y un mucho de nada


Soledad.

Rotunda palabra. Completa en sí misma. Tan completa que poca explicación necesita. Tan rotunda que a algunxs les da miedo hasta pronunciarla.

Soledad.

Buscada y huida a partes iguales.

Buscada cuando necesitamos un respiro, un momento para estar con nosotrxs, un instante de paz en la vorágine de nuestra vida. 

Huida cuando nos evitamos, cuando sabemos que es lo que necesitamos pero nos da más miedo el remedio que la enfermedad.

De esta Soledad hablo. De todas las Soledades. De la que buscamos y huimos, de la que la vida nos impone, de la que nos arregla o nos aterra.

¿Por qué la Soledad es necesaria?

Porque hay cosas que solo somos capaces de ver cuando estamos a solas con nosotrxs. Porque hay ocasiones en las que la única forma de pararse es estar en Soledad. Porque necesitamos tiempo para descubrirnos, para disfrutarnos, para encontrar nuestra paz interior.

Y, precisamente por todo eso, huimos de la Soledad como de la peste.

Porque no queremos descubrirnos, no sea que no nos guste lo que vemos, porque no sé si seré capaz de disfrutarme, porque en mi interior hay de todo menos paz y lo sé, porque mi cuerpo me lo recuerda con cada dolor, con cada piloto que se enciende e ignoro, porque tenemos miedo de no ser como creemos que somos, como hacemos ver a lxs demás que somos, como nos han dicho que debemos ser.

Miedo.

Miedo y Soledad.

Hasta a mí me estremece verlas juntas. A estas dos palabras, monstruosas, tremendas, intensas.

Con las dos hay que enfrentarse. A las dos hay que abrazar.

Abraza tu Soledad y abrazarás tu Miedo más profundo. Porque el Miedo más tremendo del ser humano es el de estar solo, el de no tener a

nadie con quien compartirse, que nos abrace, que nos consuele, que nos ame, que nos tienda una mano o nos de un beso.

Caemos en el error de confundir estar en Soledad con estar solx: la Soledad se elige y estar solx te lo encuentras. De la soledad se entra y se sale cuando cada unx lo desea o necesita. Estar solx es más complejo, más profundo, más doloroso, más triste, más aterrador.

Esta confusión nos lleva a cometer otros errores, el más interesante para mí, es el de salir de una relación encadenándola con otra, sin siquiera darnos un momento para asentar lo pasado, de experimentar el dolor, de superar el duelo que toda separación conlleva.

 ¿Cuántas personas conoces que no dejan a su pareja hasta que no tienen a otrx en la recámara,              aun sabiendo que la primera relación está acabada, finita, kaput? El Miedo a quedarse solx es el causante de este comportamiento que, inevitablemente, repetimos de manera constante a lo largo de nuestra vida, da igual la edad, si eres hombre o mujer, hetero u homosexual: quedarse solx aterra a todo el mundo.

Y con esto lo único que conseguimos es terminar repitiendo en modo infinito los errores que cometimos con nuestra anterior pareja, porque no nos hemos dado tiempo para recapitular cuales fueron las causas de esa ruptura, qué pasó en nosotrxs para que el amor se terminara, qué pasó en mí que dejé de amarte…

Miedo de nuevo.

Miedo que preferimos ignorar, enterrándolo bajo besos y caricias nuevas, bajo toneladas de endorfinas y otras drogas que nuestro cerebro produce ante la inminencia de un nuevo amor.

Porque nuestro cuerpo es sabio y nos protege, ante las alarmas tiene la capacidad de buscar y encontrar nuevos estímulos que nos distraen, que entretiene la mente al más puro estilo Escarlata “Ya lo pensaré mañana” O’Hara.

Perderle el Miedo a esa Soledad es uno de los grandes aprendizajes que he vivido. No me gusta estar sola, lo he dicho y lo repetiré, no me gusta no tener a nadie con quien hablar, con quien reír, a quien llorar…y no es así. Esa es la gran diferencia, que cuando abres los ojos para mirar a tu Miedo, descubres que, justo detrás, hay gente que te quiere, que se preocupa por tí, que te escucha y te consuela, que te habla y te regaña, que junta tus pedazos y te ayuda a pegarlos. Personas que te aman a pesar de lo bien que te conocen, que saben lo maravillosx que eres, que te dan dos tortas cuando te pasas y un aplauso cuando lo logras, sea lo que sea. Que no estás solx.

Pero para darte cuenta de todo lo que tienes, tienes que dejar todo lo que crees que tienes. Soltar la tabla a la que te aferras, dejar que las olas te traguen, estar con tu Soledad y haceros amigxs, escuchar todo lo que tienes que contarte, limpiar todas las lágrimas que has ignorado, recordar todas las risas que te han alegrado, decir adiós a lo que ya no sirve y caminar sin pesos, sin capas, sin máscaras, sin mañanas, sin ayer, solo hoy.

Solo Tú.

Solo Yo.

Disfruta de tu Soledad si te atreves, y sé feliz.

Días Negros.

¿Quién no ha tenido uno de esos? días en los que no hay esperanza, ni amor, ni alegría, ni calor…casi no hay ni vida.

Días que se pegan a tu piel como tu sombra, días en los que la tristeza te invade tanto y tan profundamente que te debilita, arrastrándote hacia un mar de negrura en el que nada positivo sobrevive.

Días en los que lo único que quieres es meterte en un agujero oscuro y no salir jamás.

Días en los que la oscuridad te abraza…y te dejas mecer por esa inmensidad. Te permites reposar un instante tu cansado cuerpo, tu exhausta alma, tu mente agotada.

Y la negrura te atrapa.
Penetra por cada poro de tu piel, inundándote, llenando tus vacíos como negro petróleo…y nada es lo mismo.
El amanecer es sólo el sol saliendo, los besos pierden dulzura, la piel rechaza las caricias, las palabras amables no te consuelan…
Nada te sirve y de todo necesitas.

Pero la tristeza no te deja hablar, pensar, sentir. Y cada cosa que te llega se transforma en un lastre más, porque no respondes como “deberías” y eso te hace sentir peor, porque nada te sale como tú deseas y dejas de luchar por lo que quieres, porque no mereces esto que te pasa y mejor dejo de empeñarme, porque no es justo que te suceda a ti y total para qué seguir trabajando…
Y la negrura se hace cada vez más densa, se apodera de tu cuerpo, cala en tu alma, ahoga tu mente. Te ciega para que sólo la veas a ella. Te sujeta para que sólo con ella puedas moverte. Te susurra al oído que nada merece la pena, que te dejes llevar y todo será mucho más sencillo. Y así lo haces, desterrando en cada respiración cualquier posibilidad de retorno. Y sí, todo es más fácil porque ya nada te cuestionas, todo lo que pueda ir mal lo hará, porque nada mereces y nada esperas, porque nada tiene sentido, la vida se pasa sin pena pero también sin gloria, sólo te dejas arrastrar.

Pero recuerda: tu vida tiene un sentido, has venido a hacer algo que nadie más que tú puede hacer, eres únicx y especial simplemente por ser quien eres.

Recuerda: en la más profunda oscuridad, la luz más tenue es un faro y en tu interior está la más bella Luz que jamás existió.

Recuerda: con cada inhalación respiras oscuridad y cada exhalación la transforma en luz.
No dejes que la Sombra se apodere de todo lo hermoso que hay en tí.

Recuerda: tienes tus alas, lo único que te impide volar eres tú mismx.

Recuerda: sólo son trampas…

Sé feliz.

“La oscuridad existe dentro de la luz, no os limitéis a ver el lado oscuro” San Do Kai

Tacto

El tacto, ese sentido tan olvidado, que tan poco utilizamos y que tanto bien nos hace.

Esta entrada surge de una meditación guiada en la que participé el pasado miércoles en una asociación en la que colaboro: Senda del Corazón. El trabajo que hicimos fue sencillo, tan sencillo que creó en mí la duda de por qué hacemos tan poco caso a nuestro sentido del tacto, con todo lo que nos puede aportar y enseñar, simplemente nos emparejamos y tocamos a nuestrx compañerx. Sin ninguna intención, sin tratar de sanar o impactar o recibir información, ni tan siquiera acariciar. Solo tocarnos. Sintiendo nuestra piel, la vibración de los átomos, de los espacios vacíos que conforman nuestro cuerpo físico. Sintiendo.

Las sensaciones fueron curiosas, las de cada unx diferentes y me dieron qué pensar.

Pensar en lo poco que nos tocamos, en lo poco que nos gusta que nos toquen, en lo poco que nos gusta tocar. En lo placentero que es romper la barrera física y acariciar y ser acariciadx. Romper las fronteras que la piel nos pone, sentir más allá de la punta de los dedos la esencia de alguien cuando le acaricias.

Porque estoy convencida de que es eso lo que hacemos: sentir desde la experiencia puramente corporal el ser real que hay bajo la máscara de cada unx. Eso es lo mínimo que se experimenta cuando se acaricia, a partir de aquí, acariciar puede llegar a ser una experiencia orgásmica, no solo para quien es acariciadx, para la persona que lo hace también. Y aquí, como tantas otras veces, hablo por propia experiencia.

Me gusta acariciar. Me gusta dejar que sean mis manos las que “hablen”, las que establezcan comunicación contigo a un nivel muy sutil. Me gusta pintar con mis dedos en tu espalda.  Lo hecho de menos, ahora que lo escribo me doy cuenta.

No solo me gusta, necesito acariciar. Es un lenguaje diferente, más profundo, en el que no existe la mentira, el disimulo, la posibilidad del disfraz. Cuando son dos pieles las que se comunican, no hay nada ni remotamente parecido.

Curiosamente, me resulta mucho más difícil dejar que me acaricien, a muy pocas personas se lo he permitido. Curioso pero absolutamente lógico, al menos para mí: dejarse acariciar es un acto de desnudez absoluta (para lo que no hay que estar desnudx, por cierto, se puede acariciar una mano, una mejilla, la nuca…), en el que, como digo, la mentira no tiene espacio. Ser acariciadx es algo tan íntimo como hacer el amor. Pura energía entrando en contacto con pura energía. Un acto de total entrega, de total confianza, de abrirse a otrx, a que otrx roce lo más profundo en ti. Un acto que pocxs se atreven a hacer: entregarse completamente.

Una pasada.

Lástima que lo hagamos tan poco. Que lo haga tan poco. Acariciar conscientemente, qué gran ejercicio.

¿Quién se apunta?

Pedir ayuda. De eso trata esta entrada. De algo que nos cuesta la misma vida. De algo que hacemos demasiado tarde.

Por qué nos resulta tan difícil reconocer que necesitamos ayuda, que no somos capaces, que no podemos hacerlo (lo que sea) solxs?

Creo que esta es una de las grandes preguntas que deberíamos plantearnos en algún momento. Mejor ahora que mañana, ya que nos ponemos.

Le he dado vueltas a este asunto durante mucho tiempo, buscando las palabras justas que remuevan las cabezas y los corazones. Porque vamos tarde. Todxs. Unxs más que otrxs, la verdad sea dicha, pero están cambiando muchas cosas, muy deprisa y nuestras mentes limitadas no son capaces de procesar tanta información, nuestros corazones no pueden con tantas emociones, nuestras almas se sienten sobrepasadas con tanto movimiento.

Lxs más adelantadxs en este momento son aquellxs que se paran (que se puede) en medio de esta vorágine de cambios que nos inundan. Que se paran y se miran. Que se miran y no encuentran en su interior ninguna tabla a la que aferrarse en este tsunami que nos golpea día sí y día también.

A eso me refiero con pedir ayuda. Al hecho de aceptar que necesitamos de otrxs, de personas que mantienen la calma, que bailan en el vaivén de las olas en vez de ser atropelladxs por ellas. Al hecho de reconocer que no hay debilidad en pedir ayuda, si no ignorancia ante situaciones que no conocemos. Porque no nos han enseñado a manejarnos en ellas, es más, porque nos han hecho desaprender cómo manejarlas.

Al hecho de descubrir que todxs lxs que se cruzan en nuestro camino son Maestrxs de vida y ser capaces de aprender de ellxs.

De recordar todo lo que ya sabemos pero nos da miedo. De descubrir nuestro potencial en aspectos que nos asustan o nos parecen cuentos chinos. De abrirnos a todas estas certezas que lo son tan pronto das el salto.

¿Qué salto?

El Salto de Fe, como lo denominó sabiamente una de las grandes personas que habitan mi vida.
Un cambio de conciencia que implica dejar la cabeza a un lado y abrir el corazón y los sentidos. Los seis. Un salto que habla de Confiar en nosotrxs mismxs, de escucharnos, de pararnos a respirar con calma, de dedicar un momento a estar con nosotrxs a solas, de prestar atención a lo que nos decimos sin juzgarlo, sin poner la mente en ello.

Un salto que deja al aire mis entrañas, mis luces y, si tengo voluntad y coraje, mis sombras. Un salto que me permite descubrir quién soy, qué quiero realmente. Un salto que me hace libre para elegir y decidir mi camino y cómo caminarlo.

Tonterías. Pérdida de tiempo. Perezón. Trabajazo. Aburrimiento. No sé cómo se hace. Lo he intentado y no me sirve.

Excusas, todas. Muros que levantamos para protegernos y que solamente nos mantienen encerradxs que no protegidxs. Muros que nos separan de nuestro verdadero Ser. Y de lxs demxs.

¡Qué grande cuando los derrumbas! ¡Qué increíble el momento de la primera bocanada de aire libre! 
¡Qué intenso todo, qué nuevo!

Solo tienes que pedirlo si no sabes cómo. No es difícil, abre la boca y, simplemente, dilo. Estamos aquí para cuando te decidas.

Es el momento. El despertador está sonando ¿te atreverás?

Harta.

Hasta el mismísimo moño (porque no quiero ser soez).

Cansada, aburrida, mosqueada, cabreada…podéis seguir en esta misma línea tanto como queráis, todo será bienvenido y, probablemente, insuficiente. 

Porque hoy he decidido que ya basta. Que ya está bien de ofrecerme de saldillo. Que hoy es el día en que dejo de preocuparme por lxs demás para ocuparme de mí misma.

Que anda que no me lo han dicho veces, pues yo dale que te pego, a reventar el muro reventándome la cabeza en cada ocasión.

Pues hasta aquí.

Quien me quiera, que me busque. Quien necesite mi ayuda, que la pida. Quien demande amoroso trato, que lo ofrezca. Quien quiera unos brazos en los que llorar, que encuentre la forma de abrir los míos porque ya no son de gratis. Lo que no significa, no seáis malpensadxs, que haya que pagar. Bueno, rectifico, cuando hago terapias sí que hay que pagar.

Hablo, simplemente, de que ya no me da la gana seguir estando ahí, aquí, de manera incondicional, de que no voy a seguir recogiendo los escombros de todxs y ayudando a reconstruir porque es mi naturaleza.

Claro que es mi naturaleza, pero mi prioridad soy yo. Soy YO, que me quede bien clarito. Que para poder cuidar de lxs demás, primero tengo que cuidarme yo, escucharme yo, amarme yo, mimarme yo, hacer lo que yo quiero cuando me apetece (si, si,si, sin hacer pupitas innecesarias, si). Y, sobre todo, no permitir que las movidas que cada cual tiene que manejar se conviertan en las mías ni sean mi prioridad.

Porque ha llegado el momento de dejar de correr detrás de los sueños de otrxs, de dejar de alentar en caminos que no son el mío, de dejar de perseguir a quien ha pedido mi ayuda y luego me ignora. De estresarme porque lxs demás están agobiadxs. De fastidiarme días de absoluta felicidad por historias que no me conciernen. Que ayudarte, te ayudo, pero ya no me destruyo en el intento.

 Basta.

La ley de la oferta y la demanda dice que a mayor oferta, más bajan los precios. Perfecto. Pues me voy a “vender” cara de pelotas.

Que quien me busca, me encuentra. Quien me necesita, me tiene. Quien pide mi ayuda, la consigue. Pero no soy jamelgo para tener que andar tirando de carros que, ni son míos, ni he pedido ni me corresponden. Porque ya tengo suficientes tareas que hacer como para responsabilizarme de las de lxs demás.

Que, por otro lado, nadie me ha impuesto nada, eso es lo más “gracioso” del asunto. Mi naturaleza me lleva por estos derroteros. Rectifico, me ha llevado, hasta hoy. Me preocupo de lxs demás, procuro que estén bien, intento que no que no se agobien, escucho y comento con toda la prudencia que puedo (en ocasiones, reconozco que es más bien poca, pero siempre digo que soy humana y hay cosas que me saturan), ofrezco ayuda voluntariamente, mi mano siempre extendida, mis brazos siempre abiertos.

Y así pasa. Que a lo bueno nos acostumbramos rápidamente y empezamos a dar por sentado que tal persona va a estar siempre ahí, como lleva haciendo tanto tiempo. Y comenzamos a dejar de cuidar a quien siempre está ahí. Y olvidamos los detalles. Y el exceso de oferta se cobra su precio. Irónico, ¿no? a mí al menos me lo parece.

Últimamente una de mis máximas ha sido “si quieres algo, lo pides”. Ha durado lo mismo que un bizcocho a la puerta de un colegio. Tan pronto nos acostumbramos, puf, el encanto desaparece. Para volver a lo mismo, claro, a la certeza de que voy a seguir al pie del cañón.

Pues hasta aquí. Porque ahora, el cañón es el mío. Y a quien le asuste el ruido, que se ponga tapones.

Me estoy dando cuenta, releyendo lo escrito, de que estoy jugando a hacer lo que lxs demás esperan de mí. Manda narices. Bien es cierto que, como acabo de explicar, lo que lxs demás esperan me sale de forma natural. Pero, cuando lo que es natural te incomoda, es claro que algo no está siendo tan natural como parece.

Interesante reflexión. Cuando tenga una conclusión a este respecto, igual la comparto y todo.

Entre tanto, hacedme el favor de ser felices, que, aunque parezca lo contrario, no cuesta tanto.

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Originalmente aquí terminaba esta entrada.

Hasta el viernes por la noche, hasta el momento en que alguien vino a mí y me dijo “te necesito, estoy perdida y siento que tú puedes ayudarme”.

Nada, nunca, sucede por casualidad. Lo que hay que hacer hay que hacer. Me alegra infinito que el Universo me recuerde cual es mi Ser.

Insisto: sed felices que cada día se hace más y más fácil y hasta puede llegar a convertirse en costumbre. Solo permitid que suceda.

Hace unos días colgué en mi página de facebook unas fotos que, periódicamente, me entretengo en buscar por internet. Fotos eróticas, estéticas, de cuerpos de mujeres. Punto. No hay más trasfondo.

No es la primera vez que lo hago pero, en esta ocasión, los comentarios que han suscitado me han sorprendido. Una de las opiniones que más me ha chocado hace referencia a la estética esclavista que predomina en esta sociedad que nos toca vivir: mujeres jóvenes, delgadas, de cabello largo, ya sabéis de lo que hablo.

Nada más lejos de mí o de lo que hago a través de este blog, de facebook o de mi propia vida. Soy de la opinión de que la belleza no está en el exterior, he conocido y amado mujeres que no se adaptan a esa “estética esclavista” de la que hablo más arriba, pero cuando busco belleza de cuerpos, no miro el interior, me quedo en la fachada.

Reconozcamos que hay cosas que nos parecen estéticas y bellas independientemente de los cánones que define la sociedad o la cultura como netamente bellos: hay cosas, personas, paisajes que entran por los ojos y otros que hay que mirar dos veces para encontrarlos hermosos. Simplemente.

Toda expresión artística (las fotografías que cuelgo lo son para mi) es vista como bella por los ojos de quien la contempla. Algo que puede ser hermoso para unxs no tiene porqué serlo para otrxs. Como también podemos encontrar la belleza en algo que, a priori, podemos considerar poco bello o incluso feo o desagradable. Ahí está la diferencia entre hacer fotos y ser artista, pero ese es otro asunto. Aquí hablo de lo que a mi me parece bello. Con las mujeres pasa exactamente lo mismo. La edad, el peso, la tersura de la piel, el color de ésta, son menudencias que limitan la apreciación del conjunto.

 Si ya entramos en los juegos de luces y sombras, en la elegancia del encuadre, y otros mil matices que podemos encontrar cuando hablamos de fotos de estudio, un cuerpo joven y esbelto puede ser la cosa más ordinaria y otro más vivido, menos terso, puede ser una auténtica obra de arte.

Reivindico mi derecho a deleitarme en cuerpos que       estéticamente me parecen bellos, independientemente de cánones, de conceptos culturales o sociales y de opiniones ajenas a la mía.

Reivindico mi derecho a estar de acuerdo, al menos parcialmente, en lo que la sociedad en la que vivo considera hermoso, estético, bello. Digo parcialmente, ojo, hay cosas que se dan por bellas que me repelen, otras que se dan por aberrantes que me conmueven y así un largo etcétera que no viene al caso comentar aquí.

Otra cosa es cómo de bella (social y culturalmente) sea la mujer con quién comparta mi cama, para mi será hermosa a rabiar y eso sí que es lo que realmente me importa. A mi y a ella.

Así pues, queridas, altas, menos altas, guapas, menos guapas, delgadas, menos delgadas, elegantes, menos elegantes, bellas y hermosas todas. A disfrutarse.

En inglés, francés, italiano, alemàn , de los idiomas que conozco, los hispanoparlantes somos lxs ùnicxs que decimos “te quiero” cuando ¿queremos? decir ” te amo”. Los demás idiomas sólo tienen una palabra para amar.

Porque es un error creer que querer y amar son lo mismo, según la RAE, querer puede ser

1. tr. Desear o apetecer.

2. tr. Amar, tener cariño, voluntad o inclinación a alguien o algo.

3. tr. Tener voluntad o determinación de ejecutar algo.

4. tr. Resolver, determinar.

5. tr. Pretender, intentar o procurar.

6. tr. Dicho de una cosa: Ser conveniente a otra.

7. tr. Dicho de una persona: Conformarse o avenirse al intento o deseo de otra.

8. tr. En el juego, aceptar el envite.

9. tr. Dicho de una persona: Dar ocasión, con lo que hace o dice, para que se ejecute algo contra ella. Este quiere que le rompamos la cabeza.

10. tr. Estar próximo a ser o verificarse algo. 

Y amar es

1. tr. Tener amor a alguien o algo.

2. tr. desus. desear.

Entonces, ¿porqué decimos te quiero?

¿Porque te quiero en mi vida? ¿Porque te quiero a mi lado? ¿Porque te necesito? Pues perdóname pero eso, para mi, no significa que lo que siento por ti sea amor.

Todos estos “quieros” hablan de otra cosa que, claramente, no es amor. La pregunta con premio es qué significan realmente, qué estoy / me estás diciendo cuando te digo / me dices Te quiero.

La respuesta es compleja porque nos cuesta diferenciar Querer de Amar y tendemos una clara tendencia a confundir nuestras necesidades con Amor.

Porque: necesito que estés en mi vida porque eres la única persona con quien puedo abrir mi corazón no es Amor. Porque: quiero que me consueles cuando estoy triste no es Amor. Porque: quiero que me folles cuando estoy cachondx no es Amor. Porque: entre tus brazos me siento protegidx no es Amor. Porque: no quiero perderte no es amor.

La palabra clave de todas estas (y más que no voy a escribir pero que todxs hemos dicho o escuchado) es ME.

Todo lo que digo empieza conmigo. Todo parte de ahí y ahí se queda.

Soy YO lo que más me importa y tú o nosotrxs queda, con suerte, en un segundo plano.

Ojo. Que no estoy diciendo que pensar en unx mismx sea malo. Que, para poder estar bien con lxs demás primero he de estarlo conmigo mismx. Eso se llama Sano Egoísmo y es otra cosa bien distinta de lo que estoy hablando ahora.

De lo que hablo es del egoísmo que no se pone en la piel de la otra parte más que cuando suenan las alarmas. De personas que necesitan de otras, bien porque las calman, porque las escuchan, porque las consuelan como nadie más sabe hacer. De poner mis necesidades por encima de las tuyas. De no estar por ti aunque esté para ti. En definitiva, de auto engañarme creyendo que te quiero cuando solo te necesito.

Que tampoco digo que sea malo necesitar a alguien. Que cuando estamos mal o bien y queremos compartirlo con alguien especial es estupendo. Y tener a alguien a quien acudir en momentos de crisis o de felicidad es una de las bendiciones que existen en la vida.

Pero sabiendo dónde estamos. Dónde estoy yo y dónde estás tú. No poniéndonos velos ni vendiéndonos motos que duran lo que dura la necesidad. Cuando ya estoy tranquila, no te necesito. Cuando ya he llorado, no te necesito. Cuando ya te he contado lo feliz o lo infeliz que soy, ya no te necesito. Y nuestra relación cambia. Y nos sentimos extrañxs sin saber por qué. Y todo puede estar bien. Pero solo lo estará cuando ambxs seamos conscientes de lo que hay. Y nos lo contemos.

Así pues, queridxs, dejemos de engañarnos lxs unxs a lxs otrxs, vivamos nuestras relaciones con consciencia de lo que tenemos, lo que deseamos y cómo queremos compartirnos. Cuantas menos complicaciones, mejor. Cuanta más honestidad para con nosotrxs y lxs demás, muchísimo mejor. Cuanta más sinceridad, mejor que mejor.

Porque está muy bien quererse, compartirse, disfrutarse, contarse y escucharse, reírse y llorarse.

Pero sin confundirse. Que la confusión es un estado de la mente que perturba al cuerpo y al corazón, y la necesidad es un páramo en el que nada puede crecer y todo lo que allí se plante, acabará por morir.

Construyamos algo hermoso que sé que podemos.

Ayer por la mañana, en una conferencia que partía del tema (tremendamente rimbombante): El desarrollo emocional de la mujer en la sociedad actual, Doncella – Madre – Anciana, fueron surgiendo las cuestiones realmente importantes: ¿qué he hecho con mi vida, qué hago con ella, qué quiero hacer de aquí en adelante? Preguntas todas que se plantea cualquier ser humano con tiempo y ganas de pararse a pensar un poquito.

Pararse a pensar un poquito. Darse cuenta.

Porque esto lo hacemos ¿no? nos tomamos un momento en la vorágine de nuestro día a día para poner nuestra atención en lo que hacemos, en la vida que estamos viviendo, en si somos o no felices, en si nos sentimos bien con nosotrxs mismxs, en si compartimos nuestra vida con las personas que amamos, en si nuestra pareja es quien queremos que sea y nuestra relación es la mejor que podemos tener y la que realmente deseamos…mil cosas.

Ah. Que va a ser que no lo hacemos.

Ni un momento ni medio.

Que preferimos hacernos lxs locxs a prestarnos atención no vaya a ser que no nos guste lo que vemos.

Que es más fácil rodar con la vida que ir en la dirección deseada, porque esto último cuesta, supone un esfuerzo ímprobo: decidir hacia dónde quiero ir, pedalear para llegar y, una vez allí ¿qué?

Voluntad.

Intencionalidad.

Responsabilidad.

Tomar las riendas.

Decidir, elegir y asumir las reacciones que mis decisiones, elecciones y actos provocan en mi y en lxs demás.

 Bufff. Cuanto trabajo.

 Con lo cómodo que es hacer lo que me dicen mis padres,  mis amigxs, mi pareja, mis hijxs, mi gurú,  lo que la  sociedad entera espera de mi, para lo que me han  educado, lo “políticamente correcto”.

 Con el buen resultado que me está dando hacer siempre  lo que los demás saben que voy a hacer (porque siempre  he respondido de la misma forma), decir siempre las  palabras que quieren escuchar, escuchar siempre antes  de contar lo que a mí me pasa, estar siempre disponible  para todxs excepto para mí…

 Bufff a esto, esto sí que me da pereza.

 Porque, al fin y al cabo, ¿de quién es la vida? MIA

¿quién tiene que vivirla? YO

¿cuál es mi objetivo en la vida? SER FELIZ

¿eso cómo se hace? NO TENGO NI IDEA

Vaya. Aquí damos en hueso. Quizás esto es lo que estoy evitando cada vez que no me paro a darme cuenta de por dónde estoy andando, cuando me pregunto si soy feliz y me digo que la felicidad no existe, cuando me falta el aire sin saber porqué y me desespero, cuando prefiero no sentir mis emociones y las anulo, olvido, entierro, enmascaro o lo que sea, cuando elijo darle vueltas a las cosas en mi cabecita en vez de decidir qué hacer y buscar soluciones, cuando intento controlar infructuosamente cadasegundodecadadia de mi vida para poder sentirme segurx, cuando prefiero no comprometerme no sea que vuelvan a hacerme daño, cuando vivo un personaje en vez de mi realidad, cuando me preguntan ¿cómo estás? y respondo sistematicamente que bien, cuando no me permito llorar, cuando no te digo lo que me pasa por si te enfadas y me dejas…mil millones de cosas.

Ficción. En eso se convierte la vida si la interpretas a través de todos estos filtros. Ciencia ficción, de hecho.

Si has leído esto y te has parado a pensar, parte de mi trabajo está hecho.

Del siguiente paso, hablaremos.

Es una pregunta que me surge en muchos momentos, ¿existe la felicidad o se trata sólo de una utopía?

Cada vez tengo más claro que no sólo existe si no que, además, es un estado en el que me encuentro en más ocasiones de las que me doy cuenta. Porque creo que la felicidad se vive en milésimas de segundo, en horas, en momentos eternos, que sólo he de estar atenta y receptiva para disfrutarla con todos los sentidos, con plena conciencia.

También tengo claro que no se trata de algo permanente ni eterno, que son detalles los que me hacen sentirme feliz, que son instantes que se difuminan pero que están en cada día que vivo.

Porque ese es el truco para ser feliz: ser consciente de esos destellos y disfrutarlos a pleno pulmón. Una buena conversación, una tarde con lxs amigxs, un paseo con mi perra, la sensación de que estoy haciendo las cosas que quiero, un beso, una abrazo, una mirada, una sonrisa, que me cojas la mano, que acaricies mi espalda con ese gesto inconsciente que a veces se te escapa…todo eso es felicidad. Y en muchas ocasiones lo olvidamos porque buscamos un algo permanente, porque buscamos ser FELICES sin darnos cuenta de que ya lo somos, porque nos perdemos los detalles en la inmensidad de la vida.

Los detalles, qué cosa tan importante y que menospreciados están. Los detalles te alegran el día, pueden ser cosas tan nimias como que la comida te quede exactamente como te gusta, un café ricorico, terminar en fecha el trabajo que tenías pendiente, salir del cine con una sonrisa en los labios… millones de cosas, seguro que se te ocurren un montón de ellas.

Pero el ser humano, tendente a la grandiosidad de las emociones y los sentimientos (si algo no te rompe el corazón no llores, si no te mueres de amor no ames y dramas similares) busca lo duradero en lugar de disfrutar de los momentos. Que, al fin y al cabo, la vida se compone justo de eso: de miles de millones de momentos con un único denominador común que es unx mismx, porque sólo en mí misma puedo encontrar la felicidad si abro mi percepción a esa infinitud de instantes que componen mi existencia y soy consciente de que, en un alto porcentaje, he sido feliz, he disfrutado de muchos pequeños o grandes momentos de Felicidad.

Así que, sed felices que, de verdad, ¡no cuesta tanto!

En los últimos 10 años, las tecnologías han avanzado a velocidad de vértigo, no sólo en lo relativo al bienestar del día a día, la salud, el estudio del espacio, las telecomunicaciones y demás campos que afectan a la globalidad si no también en todo lo relativo a las relaciones personales.

El uso de internet, las redes sociales, Skipe, los teléfonos inteligentes, los chats, la mensajería instantánea, las videollamadas…avalancha de opciones que ¿facilitan? la comunicación.

Y precisamente sobre ésto es sobre lo que habla esta entrada: ¿hasta qué punto la tecnología facilita el cómo nos comunicamos?

Antes del boom tecnológico, los móviles eran un artículo de lujo, casi nadie tenía uno y todxs vivíamos felices, contentxs e incomunicadxs excepto cuando estábamos en casa o en el trabajo. La colectivización de los teléfonos móviles, la reducción de su precio a la par que de su tamaño y la mejora de sus prestaciones, propició que todo quisque quisiera y obtuviera uno, hasta el punto en el que estamos hoy: cerca de los 5.000 millones de aparatos en el mundo.

Si hago números, no me cuadran: la previsión indica que en dos años seremos 7.000 millones de personas en el planeta y en este momento ya hay en funcionamiento 5.ooo millones de terminales, si en el primer trimestre de 2011 se vendieron cerca de 500 millones de aparatos…me vuelvo loca y en definitiva, tengo más teléfonos que personas!!!!

Buffff, datos, datos, datos, más información que, en realidad no importa un pimiento. ¿A dónde quiero llegar con esta marea de teléfonos? Pues al hecho que realmente me preocupa: la forma en que nos comunicamos actualmente, la pérdida de la cercanía que da la conversación cara a cara, lo humano de mirarse a los ojos cuando se habla. Este es el quid de toda esta cuestión.

Por que mucho me temo que ya existe al menos una generación que se está perdiendo todo eso, lxs de la mía y un par más (lxs que nos encontramos entre los  25 y los 45 años, por poner un límite) hemos disfrutado y disfrutamos de largas charlas, conversaciones a múltiples bandas en las que todxs nos reímos a la vez de las tonterías que se cuentan, en las que puedo ver las lágrimas asomar a tus ojos, en las que puedes cogerme la mano o darme un beso.

Esta forma de comunicarse ya tiene sus limitaciones: las que pone el ambiente, el momento o el lugar, la timidez o la vergüenza de expresar claramente lo quieres o necesitas o deseas, pero tiene ingredientes únicos que le dan el punto justo: la ironía, el sarcasmo, el tono en que digo cada palabra, el temblor en la voz cuando digo que te amo, el susurro, el silencio tras la frase lapidaria.

El lenguaje corporal dice muchísimo más que la palabra. Una mirada puede confortar más que un abrazo. Una caricia puede derrumbar los muros de cualquiera. Un gesto brusco puede descorazonar más que un “no”. Y todo eso no sólo se pierde si no que, además, se desvirtúa cuando la comunicación no se hace cara a cara (incluyo las conversaciones vía Skipe o por teléfono que, para mi, son el mínimo aceptable para según qué temas y momentos).

Bien es cierto que hay un mundo de posibilidades en el uso de las tecnologías como medio de comunicación, me refiero específicamente a las “conversaciones” calientes, al sexo virtual, a calentar motores antes de verte, a jugar con las palabras y las imágenes que evocan en mi mente, a planear un encuentro antes de hacerlo realidad. Pero ese es otro tema.

El placer de una buena conversación se está cambiando por quedar para hablar de nada y luego, de camino a casa, mientras ceno o incluso cuando ya estoy en la cama, que me bombardeen con declaraciones de intensidad variable que no han tenido redaños para soltarme a la cara.

Me niego. Me niego a tener que medir cada palabra que escribo para que no la malinterpretes, a no poder emplear la ironía porque seguro que no lo pillas y te mosqueas, a chatear contigo mientras ves la tele o mantienes tres conversaciones al mismo tiempo. Me niego a “hablar” por escrito porque te resulta más cómodo o más fácil, me niego a no poder abrazarte cuando sé que estás llorando, me niego a no poder escuchar lo que no me dices con palabras. Las cosas importantes no se escriben, se hablan.

Dicho esto, hablamos cuando quieras.

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