Dime que nunca has cruzado la mirada con alguien y tu corazón ha dado un vuelco.
Dime que nunca has visto en los ojos de alguien su alma y has querido abrazarla.
Dime que nunca has comprendido, en una décima de segundo, todo el bien que puedes hacerle a esa persona y todo el bien que esa persona puede hacerte a ti.
Dime todo esto y te diré que no conoces el amor que entra y sale por los ojos, directo al corazón. Que no sabes lo que es el amor a primera vist
a.
Te diré también que es una forma única de amar y de enamorarse. Que, al menos para mí, es la forma verdadera que el amor tiene. Porque nada importa. Sólo sientes. Porque no sabes su nombre, quién es, de dónde viene, qué errores ha cometido en la vida, qué tristezas o alegrías le acompañan, qué sabiduría posee y no importa. Darías tu vida por la suya en ese mismo instante. Aquí y ahora. Sin dudar. Sin miedo.
Porque ese es tu único anhelo: compartir con ella cada segundo de cada hora a partir del momento en que tus ojos y los suyos se encontraron.
“…todo lo que sucede después, sólo sirve para demostrar que tenías razón. Hasta ese instante sentías que te faltaba vida y desde ese momento, te sientes plena” Luce dixit, en la película Imagine Me & You (Horriblemente traducida por Rosas Rojas).
Muchos de mis amigxs dicen que me equivoco, que confundo sexo (atracción sexual realmente) con amor. Pero no estoy de acuerdo, específicamente porque cuando llega el sexo, el sentimiento no sólo no desaparece, sino que se intensifica, y paso a la fase de cara de boba, ya sabes, mariposas en el estómago, caminar sobre nubes y todas esas cosas que las drogas que mi cerebro genera me hacen sentir. Y todo el mundo es fantástico y puede seguir así horas, días, meses, años…
También minutos. Pocos. Pero, en estos casos, sí se trataba de sexo. Sólo sexo. Espectacular, por otra parte, pero sólo sexo.
En cualquier caso, salgo ganando. Si es amor, genial. Si es sólo sexo, genial también.
Lo único que hay que hacer es no tener miedo a experimentar esos sentimientos tan rotundos, tan radicales. Hay que tirarse a la piscina sin saber si tiene agua o sólo espinas.
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Ahora dime que has sentido todo eso y te has quedado quieta.
Dime que has dejado que el miedo te paralizara. Que has dejado pasar ese momento, que has permitido que se perdiera en el océano del tiempo.
Dime también que los sentimientos te ahogan, que tu cabeza estalla y tu corazón se rompe en pedazos que flotan en el mar de tus dudas.
Y que no vas a hacer nada.
Que vas a dejar que el miedo gobierne tu vida, que no te vas a permitir que sea tu corazón quien dicte las normas.
Que prefieres arrepentirte de no haber hecho lo que realmente deseabas, que no haber jugado será la duda que te acompañará, que preferiste la seguridad de lo conocido aunque ya no sientes que sea suficiente.
Dime todo esto y yo te diré cuánto lo siento. Lo siento porque no eres libre, porque no te permites vivir, porque no dejas que la vida te llene, porque te rindes sin luchar por saber qué te trae cada nuevo día, porque lo das todo por perdido aún antes de haber jugado.
O dime que has sen
tido todo eso y te has dejado ganar, que tu corazón se ha hecho dueño y señor de tu vida, que tu cabeza es una historia olvidada que sigue girando sin control pero que ya no la escuchas, que eso que tanto has temido es lo mejor que te ha pasado nunca. O siempre.
Dime que jugaste y ganaste, o que perdiste, pero ganaste tú y no tu miedo.
Que el daño que puedes infligir o que temes sentir son sólo eso, posibilidades. Que la incertidumbre de lo que te traerá el mañana ha podido con la certeza del dolor.
Y cuando me digas esto, me alegraré por ti, porque has dejado que la vida te llene, porque has ignorado al miedo, porque te has dejado caer con los ojos cerrados.
Porque vives. Porque ríes o lloras pero lo haces porque así lo has decidido.
Porque superar las barreras que tu misma te impones es la única forma de alcanzar la libertad.
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Ahora me cuentas que ha terminado.
Que ha sido un momento, aunque hayan sido meses.
Que tu vida ya no será lo mismo porque tú ya no eres la misma.
Que mereció la pena o que no.
Que la piscina tenía más espinas que agua.
Y que ahora duele.
Duele como nunca antes había dolido, porque has sentido cosas nuevas, has amado y has sido amada como nunca antes habías hecho.
Que no sabes cómo seguir adelante porque nada es igual, porque ya nada será igual.
Y te diré que te entiendo, que sé de qué me hablas, que conozco los lugares que transitas, aquellos en los que el corazón intenta recomponerse cada noche y amanece hecho añicos cada mañana.
Te diré que este amor es así, que amar así, desde la entraña, es lo que tiene.
Que los tsunamis existen más allá del mar.
Y que arrasan, se lo llevan todo por delante dejando un regusto extraño en los labios.
Pero también te diré que a mí siempre me mereció la pena, cuando fue un momento, cuando duró un tiempo, cuando fue un segundo, aunque las lagrimas que te lloré fueran infinitas y el dolor que sentí en
mi pecho me dejara sin aliento.
Abrir el corazón, amar intensamente, ser un tsunami emocional tiene su precio y lo pagué.
Pero siempre merece la pena abrir el corazón, llenarlo con alguien a quien conoces apenas, sentir la sangre correr desenfrenada por mis venas, descubrir, experimentar sentimientos, sensaciones siempre diferentes, amar con ese amor que entra y sale por los ojos, directo al corazón.
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